“Escribir sobre pandemia”, la experiencia de un pequeño hospital del sur de la Patagonia
El Covid-19 se vivió duramente en los grandes centros urbanos, pero también en los pueblos y las pequeñas ciudades donde la salud no tiene alta complejidad. En Rada Tilly, la pandemia se vivió en primera persona y, después de cuatro años, una odontóloga, un médico clínico y una trabajadora comunitaria en terreno decidieron escribir sobre la pandemia, contar sus vivencias y dejar documentado cómo se vivió el coronavirus en ese pequeño hospital.

Una cama vacía del centro de aislamiento es la imagen de cómo vivió la pandemia Andrea Inostroza. Hace 9 años, ella es trabajadora comunitaria de salud en terreno en Rada Tilly y trabaja con las familias en prevención de la salud y actividades comunitarias. Pero en la pandemia, fue todo distinto.
Andrea tuvo que cambiar de rol, como le sucedió a muchos profesionales de la salud, y terminó abocada a la atención de personas en el call center y, luego, a la comunicación con familias que esperaban ansiosas sus resultados de COVID-19. Mientras tanto, atravesaba la enfermedad de su padre, quien fue una víctima indirecta de la pandemia y falleció a causa del tratamiento oncológico que nunca pudo continuar.
Este miércoles se cumplen 5 años del inicio del aislamiento obligatorio, aquella primera medida preventiva que por 20 días nos tuvo prácticamente aislados del mundo y fue la antesala de todo lo que vino después: muertes, internaciones, miles de testeos y mucho temor, sin contar el impacto que tuvo en lo social, lo comercial y la continuidad de la vida.
Andrea lo vivió en primera persona, en ese pequeño hospital de la villa balnearia, y cuatro años después, junto a la odontopediatra Lorena Calamante y el clínico médico Hernán Cipriani, decidieron perpetuar sus vivencias en un libro.
“Escribir sobre pandemia” se presentó el año pasado en la Feria Internacional del Libro de Comodoro Rivadavia, y ahora, en el 5to aniversario del inicio del aislamiento, es una buena oportunidad para recordar aquellos tiempos, no tan lejanos.
“Parece que pasó mucho tiempo, pero no es así”, dice la trabajadora comunitaria en terreno, cuando comienza la charla. “La pandemia, como a todos, nos sorprendió y tuvimos que empezar a hacer lo que se podía y donde se nos requería. En mi caso, en un primer momento, como trabajadora comunitaria, me convocaron a trabajar en el Call Center que funcionaba en la Sociedad Cooperativa y arranqué ayudando en los teléfonos, recepcionando las llamadas de las personas que no podían ingresar a la provincia. Fue una época de mucho trabajo por la incertidumbre y el desconocimiento porque no sabíamos a qué nos enfrentábamos.”
Resulta imposible no volver mentalmente a aquellos días. El 20 de marzo de 2020, cuando el gobierno nacional decretó el aislamiento, los principales inconvenientes eran volver a casa y pasar las barreras sanitarias que se habían creado.
Como dice Andrea, eran tiempos de incertidumbre y mucho desconocimiento. Solo se escuchaba lo que pasaba en China, Europa y en algunas ciudades argentinas. Sin embargo, en la provincia no había casos positivos aún.
Recién el 14 de abril de 2020 se confirmó el primer caso de COVID-19 en Chubut: un hombre de Comodoro Rivadavia que había viajado a Brasil junto a su esposa. La gente reaccionó de la peor manera, una actitud que se repitió durante todo ese período de pandemia.
Por ese entonces, Lorena Calamante ya había asumido como directora del Hospital de Rada Tilly. La odontopediatra nacida en Ensenada era odontóloga del hospital y fue convocada para hacerse cargo del establecimiento, acompañada por Inostroza y Cipriani, un médico cordobés que llegó a Comodoro en 1993 y que durante muchos años trabajó en el Hospital Regional.
“Nadie quería agarrar la dirección del hospital, pero fue un desafío”, admite Calamante a la distancia. “En realidad, nos convocaron a los tres, pero Hernán dijo que no, aunque siempre iba a estar acompañándonos, y así fue, porque nos ayudó mucho”.
Cipriani, por supuesto, también recuerda esos días en que era necesario juntarse y prepararse para lo que vendría, aprender a vestirse y desvestirse, y optimizar los cuidados para evitar la propagación del virus. “Nos juntábamos todas las noches. En esa época era lo básico: saber vestirse y desvestirse, que teníamos que ponernos guantes y las botas. Nos juntábamos los médicos, enfermeros y las personas de limpieza, que verdaderamente tienen que estar allá arriba porque todos participaban activamente. Hicimos hasta simulacros”, recuerda.
Eran tiempos de estrategia, organización de equipos y reportes que derivaban en cambios de protocolos y nuevos métodos. “Nos pusimos a disposición de lo que teníamos que hacer”, dice Cipriani. “El hospital en sí no tuvo una participación como otros hospitales, porque no hay internación, pero armamos un centro de hisopados y también se armó un centro de aislamiento en el gimnasio de la Escuela 718. No fue una época linda, pero salieron cosas muy buenas, se aprendió mucho y se armaron grupos de trabajo muy lindos, que es lo que queda como buenos recuerdos.”
“Se trabajó lindo y en equipo”, coincide Calamante, quien tuvo la responsabilidad de llevar adelante la dirección de los equipos de trabajo, bajo una premisa clara: trabajar para la comunidad. “Era: yo me cuido, cuido al otro”.
Como dice la profesional: “cada uno, desde su lugar, fue importante” en cada etapa de la pandemia, porque de un día para otro pasaron de hacer 7 u 8 hisopados a hacer más de 150 en la cresta de la ola del Covid. Todo con un pequeño equipo de 47 personas que se ocupaba de todo lo que sucedía en el día, desde los testeos que realizaba un grupo de cuatro personas hasta la limpieza que ejecutaba personal externo.
Es que, como dicen, todo el equipo estaba a disposición de lo que necesitaba la situación y un día Cipriani se encontró volviendo a hacer guardia en terapia intensiva, brindando apoyo a colegas que sostenían el lugar más crítico que tuvo el sistema de salud.
“Fueron los estreses más grandes de mi vida”, recuerda hoy, intentando verle el lado bueno. “Yo hacía terapia intensiva cuando era joven y volver no fue muy lindo, pero había que estar”, reconoce.
En medio de este proceso, Calamante consideró que era necesario registrar lo que estaba sucediendo; era una pandemia mundial e iba a ser algo histórico para la institución y su personal, y tuvo razón. Lo que nunca imaginaron es que esos registros se iban a convertir en un libro.
Cipriani no recuerda con precisión cuándo comenzó a gestarse la idea, pero sí que lo consideraron necesario para recordar todo eso que habían vivido, desde ese día de enero en que, volviendo del Lago 1 con amigos, pensaba que en Comodoro no iba a suceder lo que pasaba en otros lugares del mundo, hasta aquel día en que supo que quizás no volvería a ver a su mamá.
“Yo personalmente cuento vivencias, como médico, como persona, como hijo, como todo. Y una cosa que pensaba era: mi familia está viviendo a 2.000 kilómetros de acá. De pronto, se cortó la posibilidad de ir, de viajar a Córdoba, y mi vieja en esa época tenía 82 años. Se me cruzó en la cabeza que se morían tantos viejos”, dice sin ocultar su emoción.
Así como a Cipriani la imposibilidad de viajar lo hacía pensar en su madre, a Andrea la pandemia la trasladaba a su padre y a esa cama desde donde llamó a muchos vecinos de la ciudad para informarle el resultado de su test de COVID.
“Yo siempre digo que en la pandemia estuvieron quienes fueron afectados por el COVID y fallecieron, y también están las víctimas indirectas del COVID. Mi papá estaba atravesando una enfermedad, estaba haciendo un tratamiento oncológico en Buenos Aires y, con la pandemia, se terminaron las derivaciones y no se pudo viajar más".
“No pudo seguir su tratamiento y empezó a desmejorar”, recuerda. "Pasó por varias internaciones; por eso, una de las fichas más significativas del libro es una cama, una cama del anexo que me apropié para mí, porque parte del trabajo mío era informar, hablar con las familias, y lo hice al costado de mi viejo, en el Hospital Alvear. Mientras él estaba internado, yo llamaba por teléfono, le hacía compañía. Entonces, hay mucho de lo que viví con él.”
El papá de Andrea falleció el 16 de abril de 2021. No pudo despedirlo ni acompañarlo hasta el último minuto, como le hubiera gustado. Los protocolos para evitar que el virus se dispare también hicieron eso.
A la distancia, la profesional admite que recibió “mucha contención de mis queridos compañeros”. Cuando lo dice, mira a Calamante y Cipriani, pero son muchos más.
UN LIBRO PARA GUARDAR LA MEMORÍA
“Escribir sobre pandemia” tiene formato de fichas, casi como un diario íntimo donde uno saca una página y puede leer un relato acompañado por una foto. Para quien vivió la pandemia, es imposible no recordar aquellos momentos, entre cada relato y cada imagen.
El libro el año pasado vio la luz. Luego de una primera impresión para sus autores y otra para regalar, se hizo una tercera edición para que pueda llegar a más personas y la respuesta fue muy positiva.
“Es una invitación a que la gente se anime a registrar”, dice Andrea. “Es súper importante porque esto prevalece, permanece en el tiempo y es algo que va a quedar y van a ver mis nietos, porque si hay algo que aprendimos en la pandemia, además del lavado de manos, el uso del barbijo, la distancia y demás, es la importancia del registro, porque cada vez que terminaba cada jornada había que registrar e informar todo: la cantidad de hisopados, los resultados negativos, explicarle a la gente y tratar de bajar la ansiedad de cada persona al esperar los resultados”.
Pero, ¿por qué se llama “Sobrescribir pandemia”? La respuesta es simple: se trata de realizar un nuevo aporte a otros ya realizados, desde otro ángulo, con una experiencia propia, sabiendo que esa época tan oscura ya quedó atrás y dejó una experiencia que solo puede conocer quien la vivió.
